Las mujeres y la izquierda

Este es un texto publicado en 1969 en el panfleto «Notas del segundo año» editado por Shulamith Firestone. Dicha publicación es hoy básica para entender el feminismo radical. El texto original fue publicado en The Guardian en febrero de 1968 y significó un hito para el movimiento feminista y su relación con la izquierda. Ellen Willis, su autora, fue una feminista radical y periodista; una de las primeras críticas musicales mujer en un mundo dominado absolutamente por hombres en la década de los 60s, primero en The New Yorker y posteriormente escribió en lugares como The Nation, Slate y Salon. Fue miembro de New York Radical Women y fundadora, junto con Firestone, del grupo de feministas radicales Redstockings. Willis fue, además, una de las pioneras en el feminismo antipornografía ya que en 1979 escribió algunos de los primeros textos al respecto. 

Como nota antes de empezar, es importante que entendamos que el movimiento feminista de la segunda ola surge en un contexto de unión junto con otras luchas: el movimiento de los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam y sí, el de la liberación femenina. En ese contexto, es importante hacer notar que se usa «radical» e «izquierda» como sinónimos.

Ellen Willis en 1970

El movimiento de la liberación femenina fue creado por mujeres activistas cansadas de su posición subordinada en las organizaciones radicales. Su primera meta fue tomar espacios iguales y activos dentro del movimiento radical, en vez de ser relegadas a las tareas de secretarias o de servidoras.

Esta circunstancia ha llevado a generar algunas suposiciones sobre el movimiento de las mujeres. En el estándar de la visión radical, la liberación de las mujeres es una rama de la Izquierda y las mujeres son un área de menor rango o en aprendizaje  que pertenecen a esta rama. Al conceder que sufrimos nuestras propias formas de opresión y que los hombres radicales nos han oprimido como mujeres, hacemos énfasis en contribuir con nuestras peculiares percepciones a la Izquierda  usando los asuntos feministas como una herramienta organizativa. A cambio, se espera el respaldo de los hombres radicales al movimiento de liberación de las mujeres y el combate a su propio chauvinismo masculino.

Muchas de nosotras rechazamos la visión de nuestro propósito como uno anti-mujer. Tenemos que ver al movimiento de liberación femenina como uno independiente y revolucionario y que representa, potencialmente, a la mitad de la población del mundo. Pretendemos generar nuestro propio análisis del sistema y dar prioridad a nuestros intereses, sean éstos convenientes o no para la -preponderantemente masculina – Izquierda. Aunque posiblemente cooperemos con el radicalismo masculino en asuntos de interés común, las mujeres no somos simplemente una parte de la Izquierda. No asumimos que los hombres radicales son nuestros aliados o que queremos el mismo tipo de revolución que quieren ellos.

Esta divergencia en perspectivas fue evidente cuando varios grupos por la liberación femenina se encontraron en Washington en enero de 1968 para planificar las actividades anti-inauguración (del gobierno de Richard Nixon). La acción programada en cuanto al movimiento de liberación de las mujeres fue llamada “Regrésame el voto”, ya que la lucha de 80 años de las mujeres por el derecho al voto había significado una victoria irrelevante y había viciado al movimiento feminista, por lo que planeamos destruir nuestras tarjetas de registro de electoras durante nuestra acción. Esta idea fue rechazada bajo el argumento de que transformaría el repudio por el voto como premio de compensación a las mujeres en una protesta general contra el proceso electoral. 

Protesta en Washington DC del 18-21 de enero de 1968 durante la toma de protesta de Richard Nixon. Foto: Getty Images

También hubo una disputa sobre el discurso que habíamos programado. Algunas de nosotras queríamos informar a los hombres del movimiento que estábamos cansadas de participar en las revoluciones de otros y que empezaríamos a trabajar para nosotras. Algunas estaban aterrorizadas ante la idea de criticar al movimiento públicamente. Decidimos presentar dos discursos; uno como una declaración general de la opresión de las mujeres y el otro como una declaración de independencia de los hombres radicales.

Los eventos que sucedieron a continuación confirmaron el argumento separatista. El Comité de Movilización, supuestamente empático, no incluyó los temas de la liberación de las mujeres en la lista del anuncio que pagaron en The Guardian ni mencionó nuestra acción en el programa que fotocopiaron. El vocero de MOBE (Comité Nacional de Movilización para Terminar con la Guerra de Vietnam, por sus siglas en inglés), Dave Dellinger anunció en la jornada del sábado que MOBE había venido a manifestarse en contra de la guerra y de la liberación negra. Fue hasta que algunas mujeres en el escenario le gritaron, que se le ocurrió mencionar al movimiento de liberación femenina. Durante nuestra presentación (que comenzó con la moderada declaración pro movimiento) los hombres en la audiencia nos abuchearon, se rieron, nos chiflaron y nos gritaron cosas como “bájenla del escenario y cójansela”. En vez de reprender a los acosadores (como lo hizo en un poco popular discurso dado por un soldado afroamericano), Dellinger trató de apurarnos para que bajáramos del templete.

Es un error pensar que basta con educación para cambiar esto. Los hombres radicales tienen una posición de poder a la que no renunciarán hasta que ser vean obligados a ello. Apoyarán nuestra revolución sólo cuando construyamos un movimiento independiente tan fuerte que ninguna revolución sea posible sin nuestra cooperación.

Trabajar dentro de la Izquierda es perpetuar la idea de que nuestra lucha es secundaria. Continuamente seremos tentadas a aplazar nuestra lucha por “el bien mayor en favor del movimiento (la Izquierda)”. Debemos recordar que las mujeres no somos un grupo de intereses especiales con preocupaciones sectarias. Somos la mitad de la humanidad. Nuestra opresión trasciende las líneas del trabajo y la clase, Ser mujer, al igual que ser negro, es un hecho biológico y una condición fundamental. Al igual que el racismo, la supremacía masculina permea en todos los estratos de esta sociedad y está aún más profundamente atrincherada que el racismo. Los blancos por lo menos toman una postura defensiva contra el racismo, en tanto los hombres (incluyendo a los radicales, los blancos y los negros) están orgullosos de su chauvinismo. La supremacía masculina es la forma más vieja de dominación y la más resistente al cambio.

El movimiento radical ha sido dominado por los hombres. Su teoría, prioridades y estrategias reflejan los intereses masculinos. Aquí están algunos de los puntos más importantes que las feministas radicales deben considerar:

Teoría: el análisis anticapitalista y antiimperialista es insuficiente para nuestros propósitos. La opresión de las mujeres es anterior al capitalismo por, aproximadamente, unos 2000 años y ha sobrevivido en países comunistas.

Prioridades: las mujeres somos el único grupo oprimido cuya realidad biológica, emocional y social está totalmente unida a la de nuestros opresores. La función del gueto, el ejército, la fábrica y el campus en materializar la existencia separada de un grupo debe ser asumida por el movimiento de liberación de las mujeres. Debemos proveer de un espacio para que las mujeres sean amigas, para que intercambien sus aflicciones y para que den a sus hermanas el sostén moral (en pequeños grupos de conciencia). Sin embargo, esta función es a veces minimizada por grupos con orientación femenina; “¿cómo podemos permitirnos sostener terapias grupales cuando los hombres (mi cursiva) están muriendo en Vietnam?”

Estrategias: (1) en decidir qué papel (si acaso alguno)deberán tener la confrontación y la violencia en nuestro movimiento, debemos considerar que las mujeres están en desventaja física y que nuestra agresividad ha sido sistemáticamente impedida. Por otra parte, debemos darnos cuenta de que una de las razones por las que los hombres no nos toman en serio es porque no nos tienen ningún miedo físico.

(2) Debemos admitir que, muchas veces, tendremos más en común con organizaciones reformistas como NOW (Organización Nacional de las Mujeres por sus siglas en inglés) que con los hombres radicales. Revocar las leyes en favor del aborto, por ejemplo, no es una demanda radical y el sistema puede ser complaciente. Pero sí es una preocupación para el radicalismo y para el movimiento de liberación de las mujeres.

(3) Nunca organizaremos a un grupo de mujeres para que subordinen sus intereses concretos a una ideología “superior” o por encima de ellas. El creer que enfocarnos en las cuestiones de las mujeres no es realmente revolucionario es auto depreciación. Nuestra demanda de libertad incluye no sólo derrocar al capitalismo, sino la destrucción del sistema familiar patriarcal.

No sólo es posible, sino que es imperativo para las mujeres construir una conciencia feminista radical. Como radicales debemos hacer lo mejor que podamos para fomentar esta conciencia. Pero debemos tener la humildad de comprender que hay mujeres que nunca se han involucrado en un análisis radical desde la orientación masculina que pueden tener perspectivas más claras que las nuestras. A menos que eliminemos los prejuicios de nuestro movimiento y ayudemos a la liberación de las mujeres a su propio modo, no seremos una vanguardia revolucionaria, sino obstruccionistas reaccionarias.

Nota al pie

Debido a que este texto fue publicado en The Guardian originalmente, suscitó diversas respuestas de los lectores. Una de las cuales fue contestada por Willis y que presenta de manera muy clara y fuerte, qué pensaban las que después serían consideradas madres del feminismo radical. A continuación traduzco esa respuesta: 

Estimada Wanda: 
Me molestaron tus comentarios sobre mi artículo de The Guardian, no porque no estuvieras de acuerdo conmigo sino porque me acusaste de no pensar. 

Tú dices que «el error básico es creer que el enemigo es el hombre, no el capitalismo». Lo que yo digo es que la percepción errónea básica es la fácil identificación del «sistema» con el «capitalismo». En realidad, el sistema estadounidense consta de dos partes interdependientes pero distintas: el estado capitalista y la familia patriarcal. Engels, en «El origen de la familia, la propiedad privada y el estado», explica que la base material de la historia es doble: los medios de producción de mercancías y los medios de producción de nuevos seres humanos. La organización social para la producción de mercancías es el sistema de propiedad, en este caso el estado capitalista. La organización social para la producción de nuevos seres humanos es el sistema familiar. y dentro del sistema familiar, los hombres funcionan como clase dominante, la mujer como clase explotada. Históricamente, las mujeres y los niños han sido propiedad de los hombres (hasta hace poco, casi literalmente, incluso en países «avanzados»). El error que cometen muchos radicales es asumir que la familia es simplemente parte de la superestructura cultural del capitalismo, mientras que en realidad tanto el capitalismo como el sistema familiar constituyen la subestructura material de la sociedad. Es difícil ver esto porque el capitalismo está tan generalizado y es mucho más poderoso en comparación con la familia, que es pequeña, débil y tiene mucha menos influencia en el sistema económico más amplio. Pero es importante que las mujeres reconozcan y se ocupen de su posición explotada en el sistema familiar, ya que es -principalmente- en términos del sistema familiar que se nos oprime como mujeres. Por supuesto que el capitalismo también nos explota, pero la forma en que nos explota es primordialmente aprovechándose, en su propio beneficio, de nuestra posición subordinada en el sistema familiar y de nuestra dominación histórica por parte del hombre, y que deriva de un momento en el que el sistema familiar era todopoderoso y el Estado aún no existía. Si realmente piensas en nuestra explotación bajo el capitalismo como mano de obra barata y como consumidoras, verás que la raíz es nuestra posición en el sistema familiar. Esto no significa que no debamos luchar contra el capitalismo. A menos que se rompa el poder del estado corporativo, no puede haber revolución en el sistema familiar. Además, atacar la supremacía masculina (es decir, el dominio de clase del hombre en el sistema familiar) significa inevitablemente atacar al capitalismo en sus áreas vulnerables. Pero si simplemente trabajamos para destruir el capitalismo, sin trabajar para destruir la supremacía masculina en todos los niveles, encontraremos que la revolución resultante es solo vicaria.

Hasta allí con la ideología. Ahora vayamos a la política pragmática. Nuestra posición aquí es exactamente análoga a la posición del poder negro, en donde los hombres radicales juegan el papel de liberales blancos. Los liberales blancos (y los radicales también, antes de que se pongan listos) crearon exactamente el mismo argumento que ustedes. «El racismo también nos afecta, debemos trabajar juntos, las divisiones entre nosotros solo ayudan al enemigo común». (A propósito, pienso que fuiste un poco deshonesta al decir que no hay «problemas de mujeres». Un problema de mujeres —o un problema de personas negras— significa, de manera generalizada, la forma en que las mujeres son oprimidas porque son mujeres o las personas negras porque son negras. Esto no significa que los hombres y los blancos no se vean afectados por estos problemas). Los negros respondieron a esto: «No podemos trabajar juntos porque no entiendes lo que es ser negro; porque tú has crecido en una sociedad racista y tu comportamiento está sujeto a ser racista, independientemente de que tú lo quieras o no; tus ideas acerca de cómo ayudarnos son, con demasiada frecuencia, egoístas y condescendientes. Además, parte de nuestra liberación está en pensar por nosotros mismos y trabajar para nosotros mismos, y en no aceptar la dominación del hombre blanco en otra área de nuestras vidas. Si ustedes como blancos quieren trabajar para eliminar su propio racismo, si quieren apoyar nuestra batalla por la liberación, bien. Si decidimos que tenemos ciertos intereses comunes con activistas blancos y organizaciones blancas y podemos formar alianzas, bien. Pero queremos tomar las decisiones en nuestro propio movimiento.»
Sustituye a hombre-mujer por blanco-negro y ahí es donde yo tomo postura. Con una excepción importante: en tanto que los liberales y radicales blancos siempre entendieron la importancia de la lucha de liberación negra, inclusive cuando sus esfuerzos en favor de los negros a menudo estaban mal orientados; los hombres radicales simplemente no entienden la importancia de nuestra lucha … A mi alrededor veo a hombres que se consideran revolucionarios, pero explotan a sus esposas y amigas de manera vergonzosa sin siquiera darse cuenta de la contradicción. Quien estuvo en la increíble manifestación en Washington sabe que pasará mucho tiempo antes de que la mayoría de los hombres, incluso los de la izquierda (que deberían estar más cerca de nosotras) comprendan que tenemos un motivo de queja y que va en serio. Hasta que comprendan eso, hasta ese entonces, podremos hablar de trabajar juntos.

Atentamente,

Ellen Willis.


Este texto fue traducido por mí, Dana Corres. 


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