El problema de la «e» como supuesto lenguaje inclusivo

Disclaimer: esta es una propuesta para hablar y para contribuir a una discusión que sucede mientras escribo esto. Como bien dice la lingüista Violeta Vázquez en este texto para Tierra adentro:

Algunas de estas propuestas se cristalizarán en cambios lingüísticos a largo plazo, algunas no. Es pronto para saberlo. Por ahora, a los lingüistas nos corresponde observar y a los hablantes, como siempre, hablar.

Existen varios temas a problematizar sobre por qué la «e, la «x» o la «@») pueden no ser, en realidad, lenguaje inclusivo. Sobre la equis y la arroba es muy claro por qué no lo son: no sólo son impronunciables en el español, sino que además no son inclusivos para las personas ciegas o débiles visuales que usan herramientas de texto a voz para leer noticias o Facebook o Twitter o cualquier red social, sitio web o plataforma. Sin embargo, eso toca a otro tema. Por ahora, quiero concentrarme en la «e» como una propuesta del lenguaje inclusivo.

Se apropia de una lucha de las mujeres y del feminismo

La lucha del lenguaje inclusivo en el español no es nueva. Tiene casi 50 años gestándose. Se da gracias a que las feministas lingüistas, historiadoras, activistas, se dan cuenta de la importancia de nombrarnos, sobre todo para ser tomadas en cuenta en leyes, reglamentos y acciones afirmativas. Por ejemplo, darse cuenta de que el que una Constitución Política no nos nombre y diga que los derechos son «para todos los hombres» evidentemente afecta el acceso de las mujeres a derechos.

El que una convocatoria de ingreso dijera hace 70 años, por ejemplo, que en la Facultad de Derecho sólo se aceptaban alumnos solía ser un impedimento para que las mujeres accedieran a estudiar derecho. Si la regla decía que sólo varones tenían acceso, la regla había de cumplirse. Así nace la lucha por el lenguaje inclusivo: la lucha por incluir a las mujeres en espacios que antes eran sólo para «hombres».

Quizá el asunto se resolvería si la lucha por incluir a las mujeres en el lenguaje ya fuera una lucha ganada. Entonces sí podrían decirme «pero oye, Dana, ya evolucionamos y por eso el lenguaje inclusivo ya puede luchar también por incluir a las diversidades». Pues bueno, eso no ha pasado. De hecho, por un lado, tenemos a la Real Academia de la Lengua y sus defensores y, por el otro, tenemos a estos nueves defensores de un lenguaje que nos dicen que su propuesta es inclusiva, sin decirnos muy bien cómo es que ésta incluye a las históricamente excluidas de todas las cosas del mundo (entre ellas el lenguaje).

Ante esta reflexión, la respuesta suele ser la manipulación emocional como un recurso que funciona muy bien ante la socialización femenina para hacernos sentir culpables de tener nuestra propia lucha donde somos nosotras (y sólo nosotras) el sujeto de ésta: «Cómo es posible que digas que luchas por todas esas cosas ‘bonitas’ que dice el feminismo y no quieras luchar por reconocer a les otres.» Cómo si mantenernos en nuestra postura de luchar por y para las mujeres fuera antiético, en esta creencia equivocada de que el feminismo lucha por todas las personas y no que lucha por las mujeres y las niñas. Y ojo: no es que el feminismo no reconozca a otres que son disidentes al género (como nosotras las feministas) sino que más bien nos mantenemos claras en de dónde viene la lucha feminista en el lenguaje y de lo que aún falta por hacer, y tenemos claro que son luchas distintas.

El mensaje de las feministas sobre que la «e» es lenguaje incluyente les digo:

A los de la RAE: el masculino genérico no nombra a las mujeres.

A les de la diversidad: la «e» sigue sin nombrar a las históricamente no nombradas. Pretende incluirnos, pero sigue sin hacerlo. Las mujeres existimos y resistimos y no estamos dispuestas a, nuevamente, ceder nuestra existencia en favor de una supuesta inclusión.

Cuando sustituye a todas y todos, termina haciendo lo mismo que el genérico masculino: no nombra a las mujeres

En este sentido, lo que sucede es lo mismo que ya hace el genérico masculino. Nos dicen que la «e» es, supuestamente, incluir a todas, todos y todes… pero para nosotras significa seguir sin ser nombradas. ¡y nunca lo hemos sido! ¿No han escuchado a las niñas que, antes de acostumbrarse a la norma del masculino genérico, piden ser nombradas? Ya se escuchan infinidad de anécdotas de niñas pequeñas que se rebelan al masculino genérico:

Profesora: niños, pueden salir al recreo.

Niña: ¿Y las niñas no podemos salir?

Profesora: sí. Los «niños» incluye a las niñas.

Las feministas somos esa niña también: ¿las niñas y las mujeres de nuevo no debemos ser nombradas bajo el amparo de la inclusión de la «e»? ¿»Les niñes» es ahora la forma de nombrar a niños y niñas? ¿«Todes» nombra a las mujeres y debemos sentirnos conformes con eso? No lo creo. ¿Por qué habríamos de sentirnos conformes con no ser nombradas si desde hace siglos no se nos nombra y hace apenas 50 años estamos dando esta lucha porque se nos mencione?

Llevamos muy poco tiempo hablando de las mujeres, no podemos ceder ahora

No podemos y no queremos. Llevamos poco tiempo nombrándonos y hablando de nosotras y de las cosas de nosotras: de nuestro cuerpo, de las experiencias que compartimos con otras, de nuestras luchas, las cosas que creemos personales, pero que en realidad son políticas…

No sólo llevamos nombrando a las mujeres muy poco tiempo, sino que el estar acostumbradas a la norma y nuestra socialización nos hacen siempre estar cuestionándonos, haciendo ese trabajo de pensar cada frase que decimos para incluirnos a nosotras mismas. Sí, las feministas hacemos el esfuerzo todos los días de cuestionarnos todas las cosas del mundo: las que pensamos, las que hacemos… y las que decimos. Cada frase donde toca nombrar a grupos de personas implica hacer un trabajo mental de salirnos de la norma del masculino genérico para nombrar a las mujeres, las adolescentes y las niñas.

Y quiero decirles por la niña que fui y por las niñas que estamos criando y cuidando: saber que se existe es una cosa que se desaprende cuando nos obligan a ceder nuestro derecho a ser nombradas. Existimos.

Digámosles a las niñas que sí, que somos, estamos y existimos. Digámosles a las niñas que son, están y existen.

Esta postura nos debe llevar a cuestionar un lenguaje inclusivo que no incluye a las mujeres

Esta apropiación de nuestra lucha por un lenguaje inclusivo de «todes» parece no sostenerse en argumentos. Es una propuesta que puede sonar, inicialmente, interesante. Pero cuando profundizas y cuando cuestionas y cuando argumentas lo que he argumentado en este texto, los contraargumentos resultan endebles y se sostienen, casi siempre, en una sola afirmación: hay que respetar a las personas y es importante no herir los sentimientos de quienes no se reconocen en el género que les es impuesto según su sexo biológico, pero… ¿no todas las personas nos rebelamos al género de muchas formas y sobre todo aquellas que somos oprimidas desde hace miles de años bajo ese sistema llamado género, es decir, las mujeres?

Todas las personas solemos ser no binarias pues todas nos rebelamos al género de alguna u otra forma

Todas las personas, incluidas las mujeres, es decir, quienes nacemos con sexo biológico femenino, somos personas no binarias. ¿Por qué? Porque todas nos rebelamos al género. A veces, inclusive, sin darnos cuenta. El género siendo un orden tan rígido de lo que «debemos» ser los hombres y las mujeres según nuestro sexo biológico, nos rebelamos constantemente a ese orden de las cosas. Lo hacemos, de hecho, desde que somos niños y niñas. Y, sin embargo, también el género como sistema nos absorbe y nos convertimos en instrumentos de éste para perpetuar roles, estereotipos y violencias. Por eso el feminismo importa tanto: porque nos sirve para seguir cuestionando.

Ante el ánimo constante de querer callar a quienes estamos interesadas en generar reflexiones y discusiones, es importante aclarar que este texto y estos argumentos no van de no reconocer a gays, o personas trans, o que se identifican como «queer». Todas las personas debemos ser nombradas y reconocidas, pero, justamente por eso, no se vale no nombrar a las mujeres. Tampoco se vale que, para convencernos de ceder ante nuestro-muy evidente-borrado, utilicen argumentos falaces y que no se sostienen ante décadas de teorías y reflexiones feministas que pretenden desmontar el patriarcado e ir al origen del género como el sistema que nos oprime.

Es necesario seguir cuestionando, aunque ante estos cuestionamientos que confrontan desde la teoría feminista, nos digan que somos anti-derechos y demás motes que pretenden avergonzarnos para callarnos. En este espacio, por ejemplo, he sido muy precisa (y respetuosa) en mis argumentos, en por qué cuestiono y me niego a aceptar que la «e» sea una propuesta que incluya a las mujeres.

El «herir sentimientos» no es un argumento, es flojera intelectual para generar una teoría y argumentos que sostenga el por qué usar la e

No me niego a usar la e como lenguaje que incluya a quienes quieran ser nombrades con la e, aunque creo que debo seguir problematizando aquello sobre lo que nos dicen son los argumentos para sostener esa propuesta. Por ejemplo, sobre lo no binario (mencionado arriba).

A lo que sí me niego es a incluir a las niñas bajo el «niñes» que es en realidad una nueva forma de no nombrarlas a ellas. Me niego a usar el todes, para decir que allí se incluye a las nunca nombradas. Me niego a que se nos convenza bajo falacias ad passiones y manipulaciones emocionales y me niego también a que se nos convenza con ideas que carecen de lógica y que, al confrontarse con teoría feminista, simplemente no se sostienen y representan una salida fácil, superficial y neoliberal que nos aleja de todas las críticas que el feminismo tiene cientos de años haciendo.

¿Por qué digo que es superficial? Porque se niega a debatir a profundidad sobre la opresión que vivimos las mujeres desde hace años y porque se presenta con letreros de colores que nos venden una inclusión «cool» que se retoma ya desde industrias millonarias como la de la moda y las cirugías estéticas, por ejemplo. Justo allí yace también su característica de neoliberal. Porque parece que, más bien, es una forma muy cómoda y fácil de no darle la cara al patriarcado acostumbrado a no nombrar a las mujeres y reconocer nuestra existencia. Y de nuevo: nos lo venden con colores, en playeras de Zara y suelen ser pequeños grupos de personas con acceso a capital intelectual quienes pretenden imponernos la e como lenguaje que incluye a las mujeres. No veo a las personas en comunidades indígenas o en el México profundo generando esta lucha que se cierra en círculos de las redes sociales de las élites (Twitter y ciertas discusiones de Facebook).

Mi propuesta sigue siendo, entonces, nombrar a las mujeres. No podemos no nombrarnos.

Pero también propongo que sigamos problematizando y cuestionando, porque no olvidemos que el patriarcado siempre estará oponiendo resistencia hacia los cambios que queremos (y a veces esta resistencia viene en forma de una supuesta inclusión y con colorcitos).

Como bien nos dijo la doctora Vázquez, sólo el tiempo dirá qué propuestas se cristalizarán en cambios a largo plazo. Mientras tanto, a nosotras nos toca seguir luchando por todas.


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